Hay noches que tampoco tienen retorno, aunque de alguna manera sus brisas y sus pequeñísimas-diminutas-casi-invisibles gotas y sus ventiscas mariconas se encaprichen en que así sea. Sellan, pero no. Hay noches que no tienen retorno, aunque éstas no sean todas. Y no hay lamentos al respecto.
Hay espejos que absorben y deforman una realidad y la devuelven aberrante y hay también reflejos de agua que escupen vida ondulada con la fidelidad de un disco vinilo bailando en circular. Estos reflejos deberían tener retorno, y hasta casi se permite la duda de que así sea.
Hay música esperando acurrucada en un rincón de la habitación. Asecha y pretende levantarse, volver a sonar y hacer bailar a las paredes, colorearlas en altibajos sonoros y serpentinos. Esa música existe porque tiene retorno, y exige el mínimo de atención, tres minutos treinta y tres de ojos cerrados, sin esfuerzo.
Temprano en la mañana me despierto y escucho un rechinar de ventanas. Tu mirada achinapelmazada no tiene retorno, además de que tu nariz de uva blanca la sostiene con firmeza, y eso provoca un escalofrío que recorre la columna vertebral de abajo hacia arriba, y se desprende en rayos furiosos que rajan el cielo un jueves cualquiera.
Quizá esté equivocado pero tal vez esté en lo cierto, y este último es y será el problema.
